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miércoles, 29 de enero de 2014

Pokhara

Nos despedimos del Parque Nacional Royal Chitwan y nos embarcamos en una furgoneta acompañados de otras 21 personas (desafiando algunas leyes de la física), para recorrer los 147 kilómetros que separan Sauraha de Pokhara. El viaje nos lleva cuatro horas y resulta bastante incómodo y muy caluroso, aunque ya nos vamos acostumbrando a estos desplazamientos.  

Nada más llegar nos dirigimos al hotel donde nos hospedaremos, que es el Himalayan Inn, y que tenemos reservado a través de nuestro guía/enlace en Kathmandu, con la consiguiente comisión para su bolsillo, suponemos. No está mal situado y es aceptable en cuanto a comodidad y limpieza (si exceptuamos las hordas de hormigas que gobiernan el comedor) pero probablemente, si hubiéramos elegido por nuestra cuenta, habríamos terminado en otro sitio, así que no es la opción que recomendaríamos.

Pokhara es la tercera ciudad en importancia de Nepal, pero supone su segundo destino turístico, cuyos atractivos no son grandes templos ni atracciones culturales, sino principalmente su situación: desde la misma ciudad son visibles el Dhaulaguiri, el Annapurna y el Manaslu (todos ellos por encima de la barrera de los 8.000 metros sobre el nivel del mar), ya que en apenas 30 kilómetros, las montañas se elevan desde los 850 metros del lago hasta algunas de las cumbres más altas del planeta. Supone el punto de partida perfecto para las excursiones al macizo del Annapurna, y ese es precisamente el motivo de que hayamos recalado aquí.
La zona en la que se concentran los visitantes es la zona del Lakeside (y por tanto la mayoría de los hoteles y restaurantes, tiendas, agencias de turismo y otros servicios), que se puede recorrer sin problemas a pie. Para desplazarse al aeropuerto o a la estación de autobuses, es necesario ir en taxi.



Nada más instalarnos en el hotel salimos a callejear y comenzamos a familiarizarnos con el ambiente de la ciudad. Comprobamos que poco o nada queda ya de la magia y el misticismo que aquellos primeros visitantes de los años setenta se encontraron aquí, cuando la ciudad comenzaba a abrirse al turismo tras la apertura de la carretera, en 1968.
Ahora todo son restaurantes, empresas que organizan rutas y otras actividades deportivo-turísticas, tiendas de material de montaña… en todos los sitios te atienden en inglés y la oferta gastronómica refleja un crisol de influencias. Exceptuando la zona norte del lago, que se mantiene algo menos explotada, el resto es un centro turístico de primer orden.
En el casco antiguo de la ciudad, situado al norte, todavía existen antiguos almacenes y tiendas de estilo Newari, así como dos templos, el Bindhyabasini y el Bhimsen, que la verdad es que no nos acercamos a visitar.

No obstante no hay que olvidar que estamos en Nepal, y aquí lo mismo nos encontramos con vacas caminando en plena carretera, como con motocicletas sobre las que viaja toda una familia o incluso una cabra, como con puestos callejeros de venta de fruta y otros comestibles que no dejan de llamar nuestra atención. 














Además Pokhara, con su inmejorable situación geográfica, hace posible poder contemplar la cordillera del Himalaya mientras se pasea por la calle, lo cual no deja de ser un atractivo en sí mismo. 


El país continua paralizado por la festividad del Dashain, así que hoy no podremos hacer los permisos para comenzar el trek mañana. Reajustamos los planes a este contratiempo mientras comemos y empleamos el resto de la tarde en comprar cosas que necesitaremos en nuestra ruta por la montaña, tras mucho mirar y mucho regatear.

A la mañana siguiente, y en vista de que disponemos de un día para hacer turismo, a la vez que conseguimos los permisos para adentrarnos en las montañas, decidimos visitar algunos sitios de interés por la ciudad y sus alrededores.
Para no hacerlo en taxi y comenzar a estirar un poco las piernas, nos alquilamos unas bicicletas en un chiringuito en la misma orilla del lago. Nos mimetizamos automáticamente con el tráfico nepalí y hacemos sonar continuamente los timbres para hacernos oír, lo cual resulta un tanto ridículo frente a las bocinas de coches y motos, pero bueno.
A los pocos minutos queda claro que mi bici no ha pasado las revisiones técnicas de rigor y que me va a costar un gran esfuerzo conseguir que me lleve a los sitios. 


Nuestro primer objetivo es David´s Fall, un lugar donde el agua del lago Phewa cae en un agujero y desaparece.
No está lejos, pero nos pasamos el desvío y continuamos por la carretera hasta que vemos la indicación para subir a la Pagoda de la Paz Mundial, con lo que decidimos retroceder.
En vista de que no tenemos ni idea de dónde estamos, preguntamos a un niño que también va en bici y nos invita a que le sigamos. Ni cortos ni perezosos nos lanzamos a su persecución por unos caminos entre casas y huertas para los que definitivamente nuestras bicis no están preparadas, y en unos minutos estamos en la entrada del recinto de la cascada.
La visita se hace en un cuarto de hora, no es que sea nada espectacular, pero es un paseo y dentro hace fresco, lo cual se agradece. 


La siguiente parada es hacer los permisos de la ruta, para lo cual nos dirigimos primero a la oficina del TIMS (Treking Information Management Service), donde aguantamos con paciencia cómo todos los guías de grupos organizados se cuelan a los “pobres locos” que vamos por libre, y luego a la Oficina de Turismo, donde la tramitación es más ordenada, pero igual de lenta.
Con nuestros permisos en regla vamos a comer a la zona del Lakeside, donde hemos quedado con Alejandro, un amigo que coincide que está por estas tierras. 


Nada más arrancar nos cruzamos con una especie de procesión que nos llama la atención, y que observamos con curiosidad haciendo fotos desde una distancia prudencial.  


Se trata de una comitiva compuesta por varios camiones cargados de imágenes hinduistas y santones y al final un camión donde una chica bastante joven baila provocativamente al son de la música, mientras un grupo compuesto exclusivamente por hombres camina cerrando la escena.
No entendemos nada, obviamente, pero no podemos evitar quedarnos mirando.   





Tras dos horas pedaleando, y cuando ya ha quedado claro que no tenemos ni idea de dónde estamos ni hacia dónde queda el campamento tibetano, optamos por dar media vuelta y emprender el regreso.

Para colmo de males, a la bici de Jorge se le pincha una de rueda y tenemos que buscar alguien que nos remolque de vuelta a la ciudad. 
Tras mucho regatear, ya que el precio para nosotros resulta ser casi cuatro veces superior que lo que ha pagado el resto del pasaje, subimos nuestros vehículos al techo y nos sentamos en un asiento para los dos, derrochando comodidad.
El último tramo hasta el lago lo hacemos bicicleta en mano, y regateamos de nuevo ferozmente para no pagar el alquiler de mi bici, que ha sido más un peligro que un medio de transporte. 


De regreso en el hotel, subimos a la azotea a contemplar el atardecer sobre los tejados de Pokhara, una de esas experiencias que no se olvidan con facilidad.
El bullicio de la ciudad y su tráfico parecen haber desaparecido, solo tenemos alrededor otros turistas en alguna que otra azotea, y el maravilloso paisaje que se abre ante nosotros cambiando de color para el deleite de nuestras miradas y el objetivo de la cámara de fotos. 


La majestuosa silueta del Machhapuchhre (6.997 m.) se muestra solitaria y desafiante allá a lo lejos, y parece invitarnos a acercarnos a sus laderas, cosa que haremos mañana mismo. Ya estamos ansiosos… 


Terminamos el día con una buena cena y nos refugiamos bastante cansados en el hotel, para dejar todo listo y comenzar mañana la ruta. 


Ocho días después regresamos a Pokhara tras nuestra ruta por la zona del Annapurna, cansados pero muy contentos por cómo ha salido todo, por lo muchísimo que hemos disfrutado, y por los nuevos amigos que hemos encontrado.
Sin perder un minuto, dejamos la mochila en el hotel y cogemos un taxi que nos lleve a uno de los monasterios tibetanos, ni se nos pasa por la mente aventurarnos de nuevo a lomos de una bicicleta… 


Entre 1959 y 1962, alrededor de 300.000 refugiados se establecieron en el valle de Pokhara, divididos en cuatro campamentos que más tarde pasaron a ser asentamientos. 

Estos asentamientos y sus respectivos templos se pueden visitar, siempre con una actitud respetuosa, admiten colaboraciones y voluntariado dispuesto a ayudar.

A las 15:00 se realiza el rezo diario, al que se puede asistir, y hay una pequeña tienda de artículos budistas y artesanía donde se colabora con el mantenimiento de las instalaciones, etc. 



Como llegamos un poco antes de la hora, nos da tiempo a visitar el recinto, hacer girar las ruedas de oración y poder admirar el templo y su decoración.

Nos llaman la atención las tallas realizadas con mantequilla de yak de los altares laterales, y nos entretenemos sacando fotos a los diferentes detalles del templo.

Cuando los monjes van apareciendo nos indican que podemos tomar asiento en los laterales de la sala, y que mantengamos silencio absoluto y hagamos las fotos sin flash. 


Asistimos al rezo en un estado de asombro continuo, esperábamos ver a un montón de monjes repitiendo continuamente la letanía del “om mani padme hum”, pero la realidad no tiene mucho que ver con eso. Uno de los monjes dirige el rezo y el resto contestan a modo de coro, mientras uno de ellos entra y sale del templo portando unas velas, el sonido de las trompetas, el gong y los platillos nos pilla por sorpresa cada dos por tres… como era de esperar no entendemos nada, pero vemos que lo que sucede ante nosotros es un rito milenario que nos sobrecoge por su naturalidad y nos deja en un estado de recogimiento, tal vez fruto del desconocimiento o de la propia atmósfera, que invita a la meditación.


Antes de irnos nos asomamos a la residencia de ancianos, donde los rostros de estos abuelos tibetanos reflejan toda una vida en sus cientos de arrugas. Compramos un cuenco tibetano en la tiendita del recinto y regresamos a la ciudad, con la sensación de haber asistido a algo que probablemente nunca volveremos a ver y que nos ha dejado una fuerte impresión. 


A la mañana siguiente, nos regalamos un estupendo desayuno en el Hotel Meera, y nos damos un paseo por la orilla del lago Phewa, que aun no habíamos visitado. Aprovechamos la primera hora de la mañana, cuando la ciudad aún parece que se está desperezando, las tiendas todavía no han abierto, apenas hay tráfico y casi no se ve gente.
Una cierta bruma y el silencio de la mañana nos hacen pensar en aquella canción sobre los lagos de Pokhara, aunque la ciudad ya no sea la misma y para encontrar aquel misticismo halla que recurrir a momentos aislados y lugares más bien solitarios.


Caminamos hasta el extremo norte del lago y nos entretenemos haciendo fotos a las plantas acuáticas y sus reflejos, a las coloridas barcas que llevan a los turistas y fieles hasta el templo Bahari, a las orillas del lago llenas de casitas y terrazas escalonadas de arrozales… 



Vemos cómo la gente hace vida en el lago: lava la comida y la ropa, tiende en las orillas, pesca… nos acordamos de los carteles que hemos visto en los restaurantes sobre lo fresco que es el pescado del lago, y nos alegramos de no habernos aventurado a probarlo, visto el uso tan variopinto que se le da a estas aguas… 



Desandamos el camino para ir a visitar la Pagoda de la Paz Mundial, que se encuentra en una colina en una estribación a la derecha del Lago Phewa.
La pagoda es una gran estupa que fue construida por los monjes budistas de la organización japonesa Nipponzan Myohoji. Se puede llegar hasta allí alquilando un bote para cruzar el lago y siguiendo un camino ascendente, o bien por un camino que sale de la carretera que pasa por la David´s Fall.
Nosotros no nos vemos con muchas ganas de andar y decidimos subir en taxi, por una carretera que pone a prueba los amortiguadores de cualquier vehículo.
Una vez arriba, aparte de la pagoda en sí, lo bonito son las vistas de la ciudad y de las montañas que la rodean, aunque en nuestro caso las nubes no nos brindaron la oportunidad de disfrutar del espectáculo completo. 



Apuramos nuestras últimas horas en la ciudad visitando alguna tienda que nos han recomendado, descansando en el hotel y paseando.

Una de las cosas imprescindibles que hay que hacer en Pokhara es alquilar una barquita a última hora de la tarde para contemplar el atardecer desde el lago, pero no hemos tenido suerte con el tiempo y todos los días una densa capa de nubes nos ha privado de este placer. El día que alquilamos las bicis ha sido el único en que el cielo estaba despejado, y como estábamos bastante cansados no lo hicimos, pero viendo el tiempo que ha hecho el resto de días, ahora nos arrepentimos.
Así que para terminar el día, y en vista de que una vez más las nubes nos privan del placer del atardecer, alquilamos una barca y cruzamos hasta la isla donde se encuentra el templo Bahari, que visitamos ya de noche. 


Nos despedimos de Pokhara cenando muy bien en el Hotel Monte Kailash, y dejamos todo preparado para emprender mañana la última etapa del viaje: Kathmandu. 



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