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viernes, 14 de febrero de 2014

Kathmandu

Salimos de Pamplona con ganas y bien cargados de paciencia para aguantar el largo viaje que tenemos por delante. Vamos en autobús a Madrid y de allí un vuelo nos lleva a Estambul, donde averiguamos que nuestro próximo vuelo sale de otro aeropuerto situado a más de 70 kilómetros, y que para llegar hasta allí tenemos menos de una hora. Sin que cunda el pánico pero sin perder un segundo, pagamos el visado de entrada en Turquía, recogemos nuestras maletas y nos montamos en un taxi que nos lleva a la velocidad del rayo a lo largo de las avenidas, adelantando sin contemplaciones y corriendo bastante más de la cuenta. Cruzamos el Estrecho del Bósforo como una exhalación; está oscuro y no podemos disfrutar de las vistas, pero nuestra recompensa hoy es llegar al enlace a tiempo, cosa que logramos, con tiempo incluso de tomarnos una cerveza en la terminal…
Nuestro siguiente trayecto nos lleva a otra escala, esta vez en Sarjah, ciudad de la que ni habíamos oído hablar, y de la que obviamente no vemos nada. Finalmente llegamos a Kathmandu, bastante cansados pero con el subidón de llegar a un sitio desconocido. 


Nuestro primer contacto con la ciudad son las dos horas de espera en el aeropuerto esperando a que lleguen nuestras mochilas, que han decidido venir de Sarjah con algo de retraso. Se ve que les gustaba más el segundo vuelo que salía de allí.


Alucinamos con la zona de maletas perdidas del aeropuerto, y rezamos a todos los santos que conocemos para que las nuestras encuentren el camino hasta nosotros y no se pierdan en esta maraña de paquetes forrados de plástico sin dueño aparente. 

Aliviados por tener nuestras mochilas a salvo, salimos por fin del aeropuerto tras el paso previo por la aduana para obtener el visado. Localizamos a quien nos ha venido a buscar, que en realidad ha aprovechado el viaje porque no somos los únicos huéspedes que llegaban hoy a su casa.

El camino hasta la casa donde nos quedaremos esta noche nos deja con la boca abierta y la sensación de haber aterrizado en otro planeta. El ruido, el caótico tráfico, los olores, la polución, y en general todo lo que vamos viendo a través de la ventanilla del coche nos llama la atención.

Algo tan cotidiano como un andamio, que aquí se hace con enormes varas de bambú, el desastroso tendido eléctrico (que a mí me recuerda a La Habana) o ver cómo la gente acarrea los pesos sobre la cabeza… todo resulta nuevo y chocante, y nos vamos dando cuenta de que estamos en un lugar muy diferente, que nos morimos por empezar a explorar cuanto antes.  



Nada más llegar a nuestro destino nos damos cuenta de que nuestra idea de alojamiento en la ciudad era estar en el centro o al menos cerca de él, y donde realmente nos hospedamos es en Kirtipur, que está a unos 7 kilómetros. No es una gran distancia, pero sí lo suficiente para depender de taxi o autobús, y dificultar bastante los desplazamientos.
Hoy por ejemplo habríamos querido dar una vuelta, pero son casi las 17:00 y en breve oscurecerá, con lo que desistimos de ello.





En vista de que el centro de Kathmandu tendrá que esperar, salimos a dar una vuelta por los alrededores de la casa, que es una zona muy tranquila, con pequeñas casitas rodeadas de arrozales, donde los niños vuelan sus cometas tranquilamente y podemos empezar a apreciar el sencillo vivir de la gente de por aquí.



Cenamos con el resto de huéspedes (casi todos españoles que han caído aquí por la misma consultoría de viajes que nosotros) un plato de dal bhat en la cocina y luego planificamos el viaje a partir de mañana, que nos vamos al Parque Nacional Royal Chitwan.
Desde el primer momento comenzamos a reajustar la ruta que teníamos en la cabeza debido a que por la festividad del Dashain el país está prácticamente paralizado y por ejemplo mañana no es posible desplazarse en autobús.

A la mañana siguiente dejamos Kathmandu sin apenas haberla visto, y nos ponemos en ruta hacia Chitwan, donde estaremos dos días. De allí a Pokhara y a las maravillosas montañas del Himalaya, y de nuevo, casi dos semanas más tarde, regresamos a la capital, dispuestos esta vez a visitarla como es debido.

211 kilómetros separan Pokhara de Kathmandu. No es una gran distancia, pero nos cuesta recorrerlos la friolera de 8 horas. Viajamos a bordo de un autobús turístico, por lo cual se le suponen algunas comodidades de las que carecen los autobuses para “locales”, pero la realidad es que en la práctica las carreteras son las mismas para todos, al igual que el tráfico, con lo que el trayecto es una agonía. El polvo, el calor sofocante, los baches infinitos que nos hacen saltar hasta casi golpearnos la cabeza (nos ha tocado la última fila, y no es nada recomendable) y las continuas paradas del autobús hacen que desembarquemos en Kathmandu totalmente agotados. 

Tras algunas desavenencias con el dueño de la casa, y sobre todo teniendo en cuenta que nuestra intención es movernos de forma independiente por el centro de la ciudad (y a poder ser a pie), optamos por cambiar de alojamiento a la mañana siguiente. Llamamos al taxista que conocimos ayer para que nos acerque a algún hotel céntrico y terminamos en el Monumental Paradise, a escasos dos minutos de la plaza Basantapur, cercana a la Durbar.
El hotel está muy céntrico, está limpio, y teniendo en cuenta los colchones que hemos podido catar hasta el momento en Nepal, resulta aceptablemente cómodo. Lo mejor sin embargo es su terraza con bar (desayunos, comidas y cenas buenos y bien de precio), sofás y wifi.
Una vez instalados, salimos a empaparnos de lo que esta gran urbe pueda ofrecernos, cámara de fotos en ristre, dispuestos a ser engullidos por el ajetreo que parece reinar por aquí. 


Durbar Square, que en realidad son tres plazas contiguas, es el corazón de la ciudad antigua, donde se encuentran los monumentos y templos más espectaculares. Son templos que siguen el estilo del norte de la India, en forma de pagoda, y conservan vigas, ventanas y tallas de madera con varios siglos de historia. El templo más antiguo de la ciudad se encuentra aquí, y data del S. XII.

En 1934, un terremoto derribó muchos de estos edificios, por lo que tuvieron que ser reconstruidos, intentando mantener la forma y los materiales originales. 


Hay que pagar entrada para acceder a la plaza, y posteriormente se puede validar la entrada para más días, con lo que resulta bastante asequible.

Lo primero que nos extraña es que la plaza no sea peatonal. Lejos de ello, los rickshaw, motos, coches y bicis parecen circular sin aparente control entre los viandantes, personas que rezan a la entrada de los templos y turistas.
Se trata de una plaza viva, llena de gente realizando y vendiendo ofrendas y artesanías varias, en la que los templos parecen ser lugares de rezo muy solicitados, pero además puntos de encuentro para conversar y reunirse. Las palomas campan a sus anchas y las vacas se tumban donde les place al amparo de su condición de animales sagrados.
Nos llama la atención el lamentable estado de conservación de algunos de ellos, que son usados como escaparates o incluso situando de viga a viga las cuerdas de tender la colada. Intentamos imaginarnos esta misma escena en las ordenadas ciudades de Occidente y nos preguntamos cuánto tiempo tardaría la gente en ser detenida por atentado contra el patrimonio. 












Cada puesto callejero de venta de comida, tintes o cualquier otro producto nos resulta curioso, y vamos caminando con los ojos muy abiertos y sacando fotos continuamente. 


Casi sin darnos cuenta abandonamos Durbar Square y nos adentramos en Indra Chowk, una plaza en forma de estrella en la que convergen seis calles y que muestra un enorme ajetreo de ventas, sobre todo de telas de miles de colores.
Callejeamos un rato sin rumbo y decidimos dirigirnos hacia Thamel, pasando primero por el enorme estanque Rani Pokhari con su templo dedicado a Shiva en el centro, que como sólo abre un día al año y no coincide que sea hoy, no podemos visitar. 


Una vez en la avenida Durbar Marg, llena de oficinas de líneas aéreas, hoteles y restaurantes más bien caros, y tras una oportuna parada para desayunar por todo lo alto,  llegamos al nuevo Palacio Real, que hoy en día es un museo.

Allí giramos a la izquierda y entramos en Thamel por Tri Devi Marg, donde nos sumergimos sin tiempo para coger aire en el laberinto de calles estrechas atestadas de tiendas que es esta zona. 

Se alternan las tiendas de artesanía con las oficinas de empresas de trekking, las tiendas de ropa de montaña de imitación, restaurantes y cafés…

Las opciones donde dejarse aquí el dinero son infinitas, pero hay que comparar bien los precios y armarse de paciencia con el regateo, cómo no.


Vemos multitud de alojamientos, pero al menos a nosotros nos parece una zona demasiado ajetreada, y no tenemos claro que a la noche el nivel de ruido se vaya a rebajar mucho, así que estamos contentos con nuestra elección para dormir cerca de Durbar.
Tras mucho vagabundear arriba y abajo por el puñado de calles que constituyen Thamel, nos detenemos a comer en Everest Steak House, un sitio bastante recomendable. 
Después de comer seguimos callejeando buscando el sitio más económico donde comprar los billetes para nuestro vuelo panorámico sobre el Himalaya, y se nos echa la tarde encima dando vueltas de aquí para allá. Optamos por regresar en rickshaw al hotel, cenar allí y disfrutar de la tranquilidad de la terraza, ahora que el ajetreo de la ciudad parece estar casi desapareciendo. 
Nos hemos comprado unos bollos de pan y unos quesitos, con la idea de hacernos un picnic, pero el queso tiene tonalidades verdes y marrones que no creemos que nuestro estómago vaya a tolerar, así que nos comemos un bocadillo de pan con pan. 


A la mañana siguiente nos damos un buen madrugón para recorrer algunos de los lugares más emblemáticos del valle. Contamos para ello con los servicios de nuestro taxista de confianza (al que conocimos antesdeayer), que nos va a llevar de un sitio a otro y nos va a esperar mientras hacemos el turista por ahí.

La primera parada del día es Bhaktapur (ciudad de los devotos), a sólo 10 kilómetros de Kathmandu. Es famosa por ser una de las ciudades más bonitas de Nepal, la que mejor ha conservado sus monumentos medievales y sus casas de estilo newari, y con diferencia la que mejor estado de conservación y limpieza ofrece al visitante. Esto parece ser debido a que la entrada para los visitantes es considerablemente más cara que la de Durbar Square en Kathmandu. Sea como fuere, en cuanto se comienza la visita el gasto queda compensado, y si es posible, hacer la visita a primera hora de la mañana o a última de la tarde, mejor que mejor. 

Al igual que en otras ciudades nepalíes, lo que hay que visitar aquí se concentra en su Durbar Square o plaza real, en la que hoy no obstante faltan varios edificios que se vinieron abajo con el terremoto de 1934 y no volvieron a ser levantados.
Resulta fascinante pasear entre estos templos prácticamente solos, pudiendo detenernos a contemplar las tallas de madera en perfecto estado, caminando sin apenas tráfico ni ruido, y dejándonos llevar por la curiosidad, mientras vamos consultando la guía intentando enteramos del significado de las diferentes tallas y estatuas.
En Taumadhi Tole, que es una plaza anexa a la real, se encuentra el templo más alto del valle y en Tachupal Tole se conservan varias casas con intrincadas tallas de estilo newari en sus ventanas y vigas. Una maravilla. 



Tras hora y media de visita, volvemos al taxi para dirigirnos a Patan, que forma, junto con Bhaktapur y Kathmandu, el trío de las ciudades más importantes del valle. Al igual que las otras dos, ha sido capital de varios reinos medievales a independientes a lo largo de los siglos. Se encuentra a sólo 2 kilómetros de Kathmandu, pero entre el estado de las carreteras y el tráfico desastroso, nos cuesta más de una hora llegar.


Patan no es grande, y al igual que en otras ciudades, la mayoría de los monumentos se concentra en su Durbar Square, que está congestionada de templos. Su Palacio Real es impresionante y alberga hoy en día un museo, pero nos lo encontramos en obras, así que nos quedamos con las ganas de visitarlo.



La mañana va avanzando y ya no disfrutamos durante la visita de la paz y la soledad que hemos encontrado en Bhaktapur, con lo que sin darnos cuenta aligeramos el paso. No obstante, no perdemos la ocasión de detenernos en las escalinatas de algún templo a contemplar pequeñas escenas de la vida cotidiana, que nos acercan al Nepal pausado y humano. 




Nuestra siguiente parada es la estupa de Swayambhunat, que se encuentra a 2 kilómetros del centro de Kathmandu, y a la que se puede acceder dando un paseo por un camino que arranca al sur de Durbar Square. Se encuentra sobre una colina que se asciende por una larga escalera de piedra, a cuyos lados hay numerosas estatuas, puestos de artesanía y una ingente cantidad de macacos que dan su nombre al lugar, también conocido como Monkey Temple.
Nuestra idea era que el taxista nos esperara en la base de la colina para poder subir las famosas escaleras, pero no nos entendemos y nos lleva hasta arriba, así que nos saltamos esa parte de la visita.


La base de la estupa es de piedra blanca, y está rodeada por los cilindros de oración rotatorios. La parte superior tiene forma de torreta cuadrangular, donde se ven pintados en cada cara los ojos de Buda que todo lo ve, uno de los símbolos más reconocibles de Nepal. Sobre ella, los trece estados del monumento representan los trece niveles de conocimiento por los que el hombre debe pasar a lo largo de sus diferentes vidas hasta alcanzar el Nirvana, que está representado por la especie de sombrilla que corona el monumento.


En el recinto hay además varias chaytias o pequeñas capillas con imágenes, una gompa o monasterio donde tiene lugar el rezo, otros templos de interés y el dorje de piedra, que recibe al visitante que accede por las escaleras. 


Recorremos el recinto (que está infestado a partes iguales de macacos y de turistas) con calma, disfrutando de uno de los lugares que más ganas teníamos de conocer. Nos detenemos a contemplar cada detalle, sacamos cientos de fotos, y nos dejamos llevar por la espiritualidad del lugar, a ritmo de la música de los monjes tibetanos, que terminamos llevándonos en un cd.
Las vistas sobre la ciudad son impresionantes, y contemplar cómo el viento agita las banderolas de oración es algo de lo que sencillamente no nos cansamos.  




El siguiente punto del itinerario es Bodhnath, principal centro del exilio tibetano en Nepal, que se concentra alrededor de la mayor estupa del país, dentro de la cual se cree que hay una reliquia de Buda. 


Rodeamos la inmensa estupa en sentido de las agujas del reloj, haciendo girar a nuestro paso los alrededor de 800 cilindros de oración, contagiados por la paz que se respira aquí. Nos asomamos a una de las gompas y a varias tiendas de artesanía, donde nos llevamos para casa rollos de banderolas que ya estamos pensando en hondear al viento al lograr alguna cumbre. 


Pashupatinath es nuestra última visita del día, adonde llegamos pasadas las 13:00, tras un breve recorrido en taxi, ya que apenas un kilómetro lo separa de Bodhnath.
Este es uno de los principales templos hinduistas a nivel mundial, y desde luego el más relevante de Nepal. Es un lugar de peregrinación que recibe a muchos visitantes de India. Se erige a orillas del Río Bagmati, en cuyos ghats se elevan cada mañana las pilas funerarias para las cremaciones.

La visita al templo está vetada a los no hindúes, como ocurre con otros templos, pero la visita a los alrededores resulta como poco impactante. 



El hecho de contemplar cómo las familias velan, purifican y queman a sus seres queridos en un ambiente en el que se mezcla su duelo con la curiosidad de los turistas, supone un choque cultural tan grande que nos sentimos por un momento como extraños sin derecho a estar aquí. No obstante, el hecho de que se cobre entrada para acceder al recinto, nos devuelve a la realidad, en la que se obtiene un claro beneficio económico con el turismo. 


Además de las propias cremaciones, la variedad de sadhus, santones, yoguis y otros elementos que buscan vivir de la caridad nos llama la atención y no nos resistimos a inmortalizarlos (previo pago, eso sí).
Nos damos un buen paseo la orilla del río y tras un rato sentados frente a los ghats, ya con suficiente humo en los pulmones, damos por terminada la visita, con una sensación extraña en el cuerpo.

Damos por terminado el tour turístico y nos dirigimos a Thamel para contratar el vuelo panorámico de mañana. Nos hemos ganado una buena comida con tanta visita cultural, y tras ella terminamos el día yéndonos de compras de recuerdos, de tienda en tienda una vez más…


Nuestro último día en Nepal comienza muy temprano: ayer quedamos con nuestro taxista particular a las 5:00 porque tenemos que estar en el aeropuerto a las 5:30. Cuando llegamos está cerrado y hacemos dos filas, separados por sexos, para ir situándonos para los controles de seguridad. Hay una mezcla curiosa de gente que va a volar hacia Lukla o Pokhara con idea de comenzar sus rutas de montaña, y de turistas que vamos equipados únicamente con nuestra cámara de fotos para el vuelo panorámico sobre las montañas.
Una vez superados todos los controles nos sentamos a esperar, ya que los vuelos van con retraso, lo cual no nos preocupa, ya que mientras sigan despegando quiere decir que el tiempo se mantiene apto para volar. Aquí es muy común que un cambio brusco de la climatología dé al traste con los planes de vuelo, y en vista de que ya no tenemos más días de vacaciones, un retraso de este tipo sería definitivo para nosotros. 

Nuestro vuelo es con Guna Air, a bordo de una avioneta de 16 plazas, distribuidas de forma que todos tenemos una pequeña ventanilla en la que dejar nuestros ojos clavados ante el espectáculo que se abre ante ellos.
Durante el vuelo, vamos pasando por turnos a la cabina para ver con más claridad y poder sacar mejores fotos, todo un detalle visto el tamaño de las ventanas… 

La vista es maravillosa, el poder ver el Himalaya desde esta perspectiva es, como dice el diploma que nos dan a la salida “algo que se hace una vez en la vida”. Cientos de majestuosos picos nevadas que desde aquí parecen inexpugnables se muestran ante nosotros, y entre ellas aparecen casi como viejos conocidos el Daulaghiri, el Sisha Pagma, el Lothse, el Everest, el Pumori, el Cho Oyu… tantas veces los hemos visto en fotos o en la tele, y ahora los tenemos frente a nuestros ojos, viendo pasar el tiempo sin apenas inmutarse bajo esa capa de nieve y misterio. Resulta sobrecogedor e hipnótico, seríamos capaces de pasarnos el día dando vueltas en la avioneta. 


El vuelo dura alrededor de una hora, y para las 8:15 estamos de nuevo en el taxi intentando hacerle entender al piloto que queremos visitar un mercado. Mientras que nosotros queremos ir en busca de “algo auténtico” él no entiende para qué queremos ir a un mercado si no queremos comprar nada de comer. Lo cierto es que el hombre tiene razón. 












Nos damos una vuelta por el mercado mientras los tenderos y clientes nos miran como si fuéramos marcianos recien salidos de una nave, cámara de fotos en ristre.

Empleamos el resto del día en visitar Durbar Square por segunda vez y con más calma, parando a tomar algo en la terraza del Himalaya Café, con unas estupendas vistas sobre la plaza Basantapur.
Callejeamos por Durbar, Makhan Tole, Indra Chowk, calle Kel, Asan Tole, la plaza Yitum Bahal y otras pequeñas calles en las que nos parece que tomamos contacto con aquella ciudad que debió ser Kathmandu hace años. Los puestos de especias y frutos secos, de tintes y telas, los secaderos de cereal y los pequeños templos de los que desconocemos el nombre nos van enseñando otro rostro de la ciudad, que en los días pasados hemos echado en falta. 






Tras mucho vagabundear y hacer cientos de fotos, nos despedimos de esta fascinante urbe cenando en la pizzería Fire&Ice, nada más alejado del típico dal bhat nepalí, lo reconocemos, pero la pasta nos pierde, qué le vamos a hacer.
Regresamos al hotel caminando por Jyatha Thamel, la noche es ya cerrada y hay zonas en las que apenas hay iluminación, con lo que nos choca bastante que se mantengan abiertos los puestos de carne, pescado y verduras. El paseo resulta perfecto como despedida, y nos deja un sabor de boca dulce en la despedida de Nepal. 
Esperando poder regresar en algún momento, preparamos las mochilas y nos mentalizamos para un largo camino de vuelta a casa. 




viernes, 7 de febrero de 2014

Nepal, presentación

La República Federal Democrática de Nepal es un país de 140.800 kilómetros cuadrados situado en el centro-sur de Asia, encajado entre los gigantes indio y chino. El estado indio de Sikkim lo separa de Bhutan, por el llamado Corredor Siliguri, y el llamado Cuello de Gallina lo separa de Bangladesh por poco más de 24 kilómetros.



Su territorio se divide en tres zonas claramente diferenciadas: la montaña, las colinas y el Terai. 
La región de las montañas supone la frontera con China y alberga, total o parcialmente, algunas de las cumbres más altas de la Tierra, destacando el Everest (8.848 m.), el Kanchenjunga (8.585 m.), el Makalu (8.472 m.) o el Dhaulagiri (8.170 m.). Ocho de los llamados ochomiles se encuentran aquí. 
Al norte de los Grandes Himalayas, en el oeste de Nepal, se encuentran las cordilleras fronterizas tibetanas, con picos de unos 6.000 m., formando la divisoria de las cuencas de los ríos Ganges y Brahmaputra. 
La región de la colinas linda con las montañas, y su altura varía entre los 1.000 y los 4.000 m. de altura. Dos cordilleras de baja altura, el Mahabharat Lekh (también conocido como el "Pequeño Himalaya") y las Colinas Shiwalik (o "Cordillera de Churia") dominan la región. Este pequeño cinturón de colinas abarca el valle de Katmandú, el más fértil y el que soporta mayor carga demográfica. 
La región del Terai es una franja de unos 30 kilómetros de ancho de llanura baja y fértil en la frontera con India, que se caracteriza por ser cálida y húmeda, y es parte de la cuenca de los ríos Ganges e Indo. Entre las montañas Mahabhart Lekh y las Siwalik, en el denominado Terai interior, se despliega una exuberante jungla en la que habita la mayoría de la fauna, hoy en serio peligro de extinción debido a la creciente deforestación. 

La flora es exuberante y muy variada, desde bosques de magnolias, rododendros, coníferas o pinos en las zonas subtropicales de los valles. 
En las máximas alturas se pueden contemplar bueyes almizcleros, leopardos de las nieves, lobos y buitres del Himalaya, quebrantahuesos y chovas piquigualdas. En zonas más bajas destacan especies de animales salvajes con los tigres y rinocerontes. El animal típico del país es el yak.

Nepal tiene cinco zonas climáticas, estrechamente vinculadas con la altura del territorio. La zona tropical y sub-tropical está bajo los 1.200 metros.
El clima templado se enmarca entre los 1.200 y los 2.400 m., y la zona fría está entre los 2.400 y 3.600 metros. La zona subártica abarca entre los 3.600 y los 4.400 m. y desde esta altura comienza la zona ártica.
Nepal tiene el clásico clima monzónico del Subcontinente Indio, con una estación seca y otra de lluvias claramente diferenciadas. La estación seca va de octubre a finales de abril, mayo y junio son dos meses muy calurosos y de julio a finales de septiembre se dan las lluvias. El mejor momento para viajar es de octubre a abril, coincidiendo con la estación seca: las temperaturas son moderadas, hay mayor probabilidad de tener cielos despejados que permitan contemplar las montañas y los caminos de treking están en buenas condiciones. Diciembre y enero pueden ser muy fríos en las montañas, sobre todo en los amaneceres y atardeceres.

El país se configuró como tal desde que se unificaron las regiones bajo la dirección del rey gurkha Prithvi Narayan, el 21 de diciembre de 1768. Su historia reciente ha estado marcada por una sangrienta guerra civil que finalizó con el triunfo de los rebeldes maoístas, el establecimiento de un gobierno de unidad nacional y la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Este último órgano proclamó el 28 de mayo de 2008 el establecimiento de una República Federal Democrática, que puso fin a más de 240 años de monarquía.
La bandera tiene la peculiaridad de ser la única de un país que no tiene forma de cuadrilátero.



La moneda oficial es la rupia nepalesa. Una rupia se divide en 100 paisa. Existen billetes de 1, 2, 5, 10, 20, 50, 100, 500 y 1000 rupias, y monedas de 1, 5, 10, 25, 50 paisa y 1, 2, 5 y 10 rupias. Un euro equivale a unas 100 rupias (2008).



Nepal es considerado un estado multicultural, multilingüe y secular. El pueblo nepalí es principalmente hinduista, pese a contar con una antigua y profunda tradición budista. El 91% de la población es hindú, el 5% budista, el 2% musulmana y el 0,7% pertenece a otras religiones. 
No obstante, Nepal tiene una mezcla intrínseca de elementos hinduistas y budistas en casi todas las manifestaciones de culto, además de la incorporación de varios elementos del tantrismo tibetano. 

La cultura nepalesa se encuentra influida por la cultura india por el sur y la tibetana por el norte. Se pueden apreciar varias similitudes en cuanto a vestimentas, forma de vida, lenguaje y comida. 

El idioma oficial es el nepalés o nepalí, aunque es hablado también en algunas zonas del norte de India. Esta lengua pertenece a la rama indo-irania de la familia indoeuropea. El vocabulario proviene en su mayor parte del sánscrito, aunque tiene algunas palabras prestadas del árabe y del persa (que le llegaron a través del hindi y del urdu).  
El nepalés se escribe en alfabeto devánagari; por ejemplo: नेपाल राज्य que significa “estado de Nepal”.



El alimento básico en el país es el arroz, la comida típica nepalesa es el dal-bhat, lentejas servidas con arroz y otros vegetales. Este plato es consumido dos veces al día, una vez al amanecer y otra después de anochecer. Entre estas dos comidas, hay varios aperitivos como la chiura (arroz batido) y té. La carne, los huevos y el pescado también son consumidos, en especial en las zonas montañosas, donde la dieta suele ser rica en proteínas.
En las grandes alturas, en lugar de arroz, toman tsampa, granos crudos, molidos y mezclados con té, leche, agua, o simplemente secos. También se toman con las comidas las chapatis, tortitas de maíz fritas. Otros platos típicos son la thukba, una sopa espesa y los momos, raviolis rellenos fritos o cocidos.
Las carnes que más se consumen son las de cerdo, cabra, pollo, búfalo y yak, nunca de vaca, ya que este animal es sagrado al igual que en la India. 

Para beber, además de la leche, los nepaleses acostumbran a tomar té negro, de sabor muy fuerte, por lo que se le añade leche o especias. También tiene un sabor fuerte el charg, la cerveza tibetana. Las bebidas alcohólicas más comunes son el raskshi, de arroz, el arak de patata o las bebidas picantes jelebis y laddus.

Nepal se encuentra entre los países más pobres y menos desarrollados del mundo, con aproximadamente la mitad de su población viviendo por debajo de la línea de la pobreza, aunque según datos del banco Mundial y de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el PIB per cápita ha ascendido considerablemente en los últimos años. 
La agricultura es el sostén principal de su economía, proveyendo sustento para más del 80% de la población y constituyendo un 41% del PNB. La actividad industrial se limita al procesamiento de productos agrícolas, incluyendo yute, caña de azúcar, tabaco y grano. La producción de textiles y alfombras se ha expandido recientemente y ha representado alrededor de un 80% del intercambio con el extranjero en años recientes. La mayor parte de la actividad industrial se encuentra enfocada alrededor del valle de Kathmandú.

La vida en Nepal es muy dura, las zonas rurales son verdaderamente pobres y se lucha contra la mortalidad prematura y la grave desnutrición. El número de médicos por habitante es claramente insuficiente ya dentro del Valle de Kathmandú, y se reduce drásticamente al salir al resto del país. 
A pesar de todo esto, al recorrer el país uno no deja de encontrarse con los rostros iluminados por grandes sonrisas de sus habitantes, sobre todo en las zonas rurales. Y es que quizá por la extrema dureza de sus vidas, los nepaleses son solidarios, conviven en paz y disfrutan con lo poco que tienen.





miércoles, 29 de enero de 2014

Pokhara

Nos despedimos del Parque Nacional Royal Chitwan y nos embarcamos en una furgoneta acompañados de otras 21 personas (desafiando algunas leyes de la física), para recorrer los 147 kilómetros que separan Sauraha de Pokhara. El viaje nos lleva cuatro horas y resulta bastante incómodo y muy caluroso, aunque ya nos vamos acostumbrando a estos desplazamientos.  

Nada más llegar nos dirigimos al hotel donde nos hospedaremos, que es el Himalayan Inn, y que tenemos reservado a través de nuestro guía/enlace en Kathmandu, con la consiguiente comisión para su bolsillo, suponemos. No está mal situado y es aceptable en cuanto a comodidad y limpieza (si exceptuamos las hordas de hormigas que gobiernan el comedor) pero probablemente, si hubiéramos elegido por nuestra cuenta, habríamos terminado en otro sitio, así que no es la opción que recomendaríamos.

Pokhara es la tercera ciudad en importancia de Nepal, pero supone su segundo destino turístico, cuyos atractivos no son grandes templos ni atracciones culturales, sino principalmente su situación: desde la misma ciudad son visibles el Dhaulaguiri, el Annapurna y el Manaslu (todos ellos por encima de la barrera de los 8.000 metros sobre el nivel del mar), ya que en apenas 30 kilómetros, las montañas se elevan desde los 850 metros del lago hasta algunas de las cumbres más altas del planeta. Supone el punto de partida perfecto para las excursiones al macizo del Annapurna, y ese es precisamente el motivo de que hayamos recalado aquí.
La zona en la que se concentran los visitantes es la zona del Lakeside (y por tanto la mayoría de los hoteles y restaurantes, tiendas, agencias de turismo y otros servicios), que se puede recorrer sin problemas a pie. Para desplazarse al aeropuerto o a la estación de autobuses, es necesario ir en taxi.



Nada más instalarnos en el hotel salimos a callejear y comenzamos a familiarizarnos con el ambiente de la ciudad. Comprobamos que poco o nada queda ya de la magia y el misticismo que aquellos primeros visitantes de los años setenta se encontraron aquí, cuando la ciudad comenzaba a abrirse al turismo tras la apertura de la carretera, en 1968.
Ahora todo son restaurantes, empresas que organizan rutas y otras actividades deportivo-turísticas, tiendas de material de montaña… en todos los sitios te atienden en inglés y la oferta gastronómica refleja un crisol de influencias. Exceptuando la zona norte del lago, que se mantiene algo menos explotada, el resto es un centro turístico de primer orden.
En el casco antiguo de la ciudad, situado al norte, todavía existen antiguos almacenes y tiendas de estilo Newari, así como dos templos, el Bindhyabasini y el Bhimsen, que la verdad es que no nos acercamos a visitar.

No obstante no hay que olvidar que estamos en Nepal, y aquí lo mismo nos encontramos con vacas caminando en plena carretera, como con motocicletas sobre las que viaja toda una familia o incluso una cabra, como con puestos callejeros de venta de fruta y otros comestibles que no dejan de llamar nuestra atención. 














Además Pokhara, con su inmejorable situación geográfica, hace posible poder contemplar la cordillera del Himalaya mientras se pasea por la calle, lo cual no deja de ser un atractivo en sí mismo. 


El país continua paralizado por la festividad del Dashain, así que hoy no podremos hacer los permisos para comenzar el trek mañana. Reajustamos los planes a este contratiempo mientras comemos y empleamos el resto de la tarde en comprar cosas que necesitaremos en nuestra ruta por la montaña, tras mucho mirar y mucho regatear.

A la mañana siguiente, y en vista de que disponemos de un día para hacer turismo, a la vez que conseguimos los permisos para adentrarnos en las montañas, decidimos visitar algunos sitios de interés por la ciudad y sus alrededores.
Para no hacerlo en taxi y comenzar a estirar un poco las piernas, nos alquilamos unas bicicletas en un chiringuito en la misma orilla del lago. Nos mimetizamos automáticamente con el tráfico nepalí y hacemos sonar continuamente los timbres para hacernos oír, lo cual resulta un tanto ridículo frente a las bocinas de coches y motos, pero bueno.
A los pocos minutos queda claro que mi bici no ha pasado las revisiones técnicas de rigor y que me va a costar un gran esfuerzo conseguir que me lleve a los sitios. 


Nuestro primer objetivo es David´s Fall, un lugar donde el agua del lago Phewa cae en un agujero y desaparece.
No está lejos, pero nos pasamos el desvío y continuamos por la carretera hasta que vemos la indicación para subir a la Pagoda de la Paz Mundial, con lo que decidimos retroceder.
En vista de que no tenemos ni idea de dónde estamos, preguntamos a un niño que también va en bici y nos invita a que le sigamos. Ni cortos ni perezosos nos lanzamos a su persecución por unos caminos entre casas y huertas para los que definitivamente nuestras bicis no están preparadas, y en unos minutos estamos en la entrada del recinto de la cascada.
La visita se hace en un cuarto de hora, no es que sea nada espectacular, pero es un paseo y dentro hace fresco, lo cual se agradece. 


La siguiente parada es hacer los permisos de la ruta, para lo cual nos dirigimos primero a la oficina del TIMS (Treking Information Management Service), donde aguantamos con paciencia cómo todos los guías de grupos organizados se cuelan a los “pobres locos” que vamos por libre, y luego a la Oficina de Turismo, donde la tramitación es más ordenada, pero igual de lenta.
Con nuestros permisos en regla vamos a comer a la zona del Lakeside, donde hemos quedado con Alejandro, un amigo que coincide que está por estas tierras. 


Nada más arrancar nos cruzamos con una especie de procesión que nos llama la atención, y que observamos con curiosidad haciendo fotos desde una distancia prudencial.  


Se trata de una comitiva compuesta por varios camiones cargados de imágenes hinduistas y santones y al final un camión donde una chica bastante joven baila provocativamente al son de la música, mientras un grupo compuesto exclusivamente por hombres camina cerrando la escena.
No entendemos nada, obviamente, pero no podemos evitar quedarnos mirando.   





Tras dos horas pedaleando, y cuando ya ha quedado claro que no tenemos ni idea de dónde estamos ni hacia dónde queda el campamento tibetano, optamos por dar media vuelta y emprender el regreso.

Para colmo de males, a la bici de Jorge se le pincha una de rueda y tenemos que buscar alguien que nos remolque de vuelta a la ciudad. 
Tras mucho regatear, ya que el precio para nosotros resulta ser casi cuatro veces superior que lo que ha pagado el resto del pasaje, subimos nuestros vehículos al techo y nos sentamos en un asiento para los dos, derrochando comodidad.
El último tramo hasta el lago lo hacemos bicicleta en mano, y regateamos de nuevo ferozmente para no pagar el alquiler de mi bici, que ha sido más un peligro que un medio de transporte. 


De regreso en el hotel, subimos a la azotea a contemplar el atardecer sobre los tejados de Pokhara, una de esas experiencias que no se olvidan con facilidad.
El bullicio de la ciudad y su tráfico parecen haber desaparecido, solo tenemos alrededor otros turistas en alguna que otra azotea, y el maravilloso paisaje que se abre ante nosotros cambiando de color para el deleite de nuestras miradas y el objetivo de la cámara de fotos. 


La majestuosa silueta del Machhapuchhre (6.997 m.) se muestra solitaria y desafiante allá a lo lejos, y parece invitarnos a acercarnos a sus laderas, cosa que haremos mañana mismo. Ya estamos ansiosos… 


Terminamos el día con una buena cena y nos refugiamos bastante cansados en el hotel, para dejar todo listo y comenzar mañana la ruta. 


Ocho días después regresamos a Pokhara tras nuestra ruta por la zona del Annapurna, cansados pero muy contentos por cómo ha salido todo, por lo muchísimo que hemos disfrutado, y por los nuevos amigos que hemos encontrado.
Sin perder un minuto, dejamos la mochila en el hotel y cogemos un taxi que nos lleve a uno de los monasterios tibetanos, ni se nos pasa por la mente aventurarnos de nuevo a lomos de una bicicleta… 


Entre 1959 y 1962, alrededor de 300.000 refugiados se establecieron en el valle de Pokhara, divididos en cuatro campamentos que más tarde pasaron a ser asentamientos. 

Estos asentamientos y sus respectivos templos se pueden visitar, siempre con una actitud respetuosa, admiten colaboraciones y voluntariado dispuesto a ayudar.

A las 15:00 se realiza el rezo diario, al que se puede asistir, y hay una pequeña tienda de artículos budistas y artesanía donde se colabora con el mantenimiento de las instalaciones, etc. 



Como llegamos un poco antes de la hora, nos da tiempo a visitar el recinto, hacer girar las ruedas de oración y poder admirar el templo y su decoración.

Nos llaman la atención las tallas realizadas con mantequilla de yak de los altares laterales, y nos entretenemos sacando fotos a los diferentes detalles del templo.

Cuando los monjes van apareciendo nos indican que podemos tomar asiento en los laterales de la sala, y que mantengamos silencio absoluto y hagamos las fotos sin flash. 


Asistimos al rezo en un estado de asombro continuo, esperábamos ver a un montón de monjes repitiendo continuamente la letanía del “om mani padme hum”, pero la realidad no tiene mucho que ver con eso. Uno de los monjes dirige el rezo y el resto contestan a modo de coro, mientras uno de ellos entra y sale del templo portando unas velas, el sonido de las trompetas, el gong y los platillos nos pilla por sorpresa cada dos por tres… como era de esperar no entendemos nada, pero vemos que lo que sucede ante nosotros es un rito milenario que nos sobrecoge por su naturalidad y nos deja en un estado de recogimiento, tal vez fruto del desconocimiento o de la propia atmósfera, que invita a la meditación.


Antes de irnos nos asomamos a la residencia de ancianos, donde los rostros de estos abuelos tibetanos reflejan toda una vida en sus cientos de arrugas. Compramos un cuenco tibetano en la tiendita del recinto y regresamos a la ciudad, con la sensación de haber asistido a algo que probablemente nunca volveremos a ver y que nos ha dejado una fuerte impresión. 


A la mañana siguiente, nos regalamos un estupendo desayuno en el Hotel Meera, y nos damos un paseo por la orilla del lago Phewa, que aun no habíamos visitado. Aprovechamos la primera hora de la mañana, cuando la ciudad aún parece que se está desperezando, las tiendas todavía no han abierto, apenas hay tráfico y casi no se ve gente.
Una cierta bruma y el silencio de la mañana nos hacen pensar en aquella canción sobre los lagos de Pokhara, aunque la ciudad ya no sea la misma y para encontrar aquel misticismo halla que recurrir a momentos aislados y lugares más bien solitarios.


Caminamos hasta el extremo norte del lago y nos entretenemos haciendo fotos a las plantas acuáticas y sus reflejos, a las coloridas barcas que llevan a los turistas y fieles hasta el templo Bahari, a las orillas del lago llenas de casitas y terrazas escalonadas de arrozales… 



Vemos cómo la gente hace vida en el lago: lava la comida y la ropa, tiende en las orillas, pesca… nos acordamos de los carteles que hemos visto en los restaurantes sobre lo fresco que es el pescado del lago, y nos alegramos de no habernos aventurado a probarlo, visto el uso tan variopinto que se le da a estas aguas… 



Desandamos el camino para ir a visitar la Pagoda de la Paz Mundial, que se encuentra en una colina en una estribación a la derecha del Lago Phewa.
La pagoda es una gran estupa que fue construida por los monjes budistas de la organización japonesa Nipponzan Myohoji. Se puede llegar hasta allí alquilando un bote para cruzar el lago y siguiendo un camino ascendente, o bien por un camino que sale de la carretera que pasa por la David´s Fall.
Nosotros no nos vemos con muchas ganas de andar y decidimos subir en taxi, por una carretera que pone a prueba los amortiguadores de cualquier vehículo.
Una vez arriba, aparte de la pagoda en sí, lo bonito son las vistas de la ciudad y de las montañas que la rodean, aunque en nuestro caso las nubes no nos brindaron la oportunidad de disfrutar del espectáculo completo. 



Apuramos nuestras últimas horas en la ciudad visitando alguna tienda que nos han recomendado, descansando en el hotel y paseando.

Una de las cosas imprescindibles que hay que hacer en Pokhara es alquilar una barquita a última hora de la tarde para contemplar el atardecer desde el lago, pero no hemos tenido suerte con el tiempo y todos los días una densa capa de nubes nos ha privado de este placer. El día que alquilamos las bicis ha sido el único en que el cielo estaba despejado, y como estábamos bastante cansados no lo hicimos, pero viendo el tiempo que ha hecho el resto de días, ahora nos arrepentimos.
Así que para terminar el día, y en vista de que una vez más las nubes nos privan del placer del atardecer, alquilamos una barca y cruzamos hasta la isla donde se encuentra el templo Bahari, que visitamos ya de noche. 


Nos despedimos de Pokhara cenando muy bien en el Hotel Monte Kailash, y dejamos todo preparado para emprender mañana la última etapa del viaje: Kathmandu. 



lunes, 27 de enero de 2014

Octava etapa Annapurna Trek: Landruk (1.565 m.) - Nayapul (1.070 m.) 15 de octubre de 2011

Distancia: 13 kilómetros
Desnivel positivo: 200 m.
Desnivel negativo: 695 m.
Tiempo de marcha: 4 horas

Nuestro último día de ruta amanece algo más tarde que ayer. No tenemos por delante muchas horas de camino y no hace falta madrugar demasiado. Desayunamos con calma y nos ponemos en movimiento a eso de las 8:00.
El día está algo nublado y no permite hacer la foto de los arrozales que tenemos alrededor con las montañas que ya empezamos a dejar atrás, será que el destino quiere que dejemos cosas sin hacer para que tengamos que regresar…


Para empezar a estirar las piernas tenemos que bajar el último trecho que ascendimos ayer (una vez más…), hasta alcanzar el río y su correspondiente puente colgante.
Bajamos por un camino de escalones de piedra entre las perfectas terrazas de cultivo de arroz, que nos dejan imágenes de una belleza sencilla y serena.


Mientras cruzamos el puente escuchamos unos niños cantar, y al llegar al otro lado vemos que cinco chiquillos nos cortan el paso y nos piden dinero para dejarnos proseguir, o en su defecto los bastones en concepto de peaje. Insistiéndoles en que deberían estar en la escuela vamos pasando uno a uno y seguimos adelante, con un regusto extraño en la conciencia. 


Llegamos a Kyumi y cogemos un camino alternativo a la ruta principal, que nos permite ahorrarnos un trecho y esquivar varios pueblos (Purgiyu, Chane, Kimche y Kilu) y sus respectivas subidas y bajadas.  



A cambio, pasamos por varias pequeñas aldeas como Imle, Siwai y Tamle, que son verdaderamente el Nepal rural de casas humildes, animales sueltos, niños correteando y adultos entregados a las labores de la tierra.

Aquí el tiempo parece discurrir a otro ritmo, gobernado solo por las estaciones y el clima. 





El paisaje de las terrazas de arroz nos resulta fascinante, con sus infinitos tonos de verde brillando según incida en ellos la luz.

Nos quedamos con las ganas, conforme avanzamos valle abajo siguiendo el curso del Modi Khola, de poder despedirnos del Hium Chuli (el último visible de los grandes picos del Himalaya, con sus 6.441 m.), ya que le cubre una espesa capa de nubes.

Las grandes montañas quedan atrás y ya empezamos a sentir tener que dejar esta tierra, aunque aún nos queda mucho por visitar antes de regresar a casa. 


Este camino es solitario, no nos cruzamos con nadie a excepción de algún lugareño, y tras leves subidas y bajadas termina desembocando en el pueblo de Syauli Bazar (1.220 m.), donde se transforma en una pista ancha y pedregosa bastante incómoda y muy concurrida.

Seguimos bajando mientras conversamos animadamente con nuestros compis sobre los entresijos de los Sanfermines, y pasamos por los últimos pueblos de la ruta: Chimrung (1.130 m.), Lamakhet, Birethanti (1.025 m.) y finalmente Nayapul (1.070 m.), donde pasamos por los dos puntos de control de salida de la Zona de Conservación del Annapurna.

Son exactamente las 12:00 cuando damos por terminado el trek. Han sido 113 kilómetros recorridos en 8 días, con un desnivel acumulado de 8.055 metros positivos y 8.019 negativos. Estamos cansados pero muy satisfechos, y empezamos ya a saborear lo que hemos visto y sentido, las anécdotas…

Para regresar a Pokhara cogemos un autobús que se detiene a 50 metros y no tiene ninguna pinta de volver a ponerse en marcha, así que optamos por bajarnos y coger un taxi para los cuatro, que nos sale por unos 3 euros por persona. 
A la llegada al hotel nos damos una merecidísima ducha, pasamos la tarde haciendo turismo y alguna que otra compra, y para cenar quedamos con nuestros compañeros de ruta en el Everest Steak House, para degustar algo que sin duda hemos echado en falta en la montaña: la carne (y la cerveza, en menor medida). 



Aquí termina nuestra ruta por la zona del Annapurna, pero no nuestro viaje por Nepal...



martes, 21 de enero de 2014

Séptima etapa Annapurna Trek: Bamboo (2.310 m.) - Landruk (1.565 m.) 14 de octubre de 2011

Distancia: 16 kilómetros
Desnivel positivo: 1.360 m.
Desnivel negativo: 2.130 m.
Tiempo de marcha: 9 horas y 40 minutos

El despertador suena sin piedad a las 5:30, hoy queremos aprovechar el día y hay mucho camino por delante. Desayunamos a base de patatas fritas, tortilla y chapatis (ay si pillara yo unas tostadas con mantequilla o un croissant…), y para las 7:10 ya estamos saliendo de Bamboo (2.310 m.).

Comenzamos ascendiendo hasta Kuldhigar (2.540 m.), para acto seguido descender hasta Sinuwa (2.360 m.). El siguiente tramo de la ruta nos lo veníamos temiendo desde que lo hicimos a la subida, sabiendo que no había escapatoria posible en el regreso: tenemos que llegar a Chhomrong (2.170 m.), lo que implica una bajada pronunciada y una subida larga y pesada que se me hará eterna.

A las 10:30 conseguimos alcanzar una de las panaderías del pueblo, y paramos para regalarnos un pastel de chocolate, croissanes, etc. Llevábamos mucho rato soñando con ellos y la verdad es que no están tan ricos como habíamos imaginado, pero la parada y el azúcar tras la tremenda subida al sol se agradecen.
Son las 11:15 cuando damos por terminada la pausa y afrontamos los últimos escalones para alcanzar la zona más elevada del pueblo.
A partir de aquí comienza una bajada muy pronunciada, de escalones de piedra, como no podía ser de otra forma, hasta llegar a Jhinudanda (1.780 m.). El camino salva mucho desnivel de golpe y se hace duro, nos parece que estamos bajando la pendiente “a cuchillo”, a pesar de que hay numerosos zigzags. En los ensanchamientos de la ruta nos vamos encontrando con pequeñas casas con sus animales sueltos, niños jugando a su aire, música (encontrarse a Shakira sonando aquí pone la nota surrealista), y escenas que nos dejan un regusto amargo, como ver a una persona en silla de ruedas mirándonos al pasar. No sabemos si habrá salido alguna vez de su granja, ni si conseguirá hacerlo algún día, nos parece entonces que estamos en el mismo fin del mundo. 


Nos cruzamos con gente que sube a pleno sol y nos da dolor de corazón, aunque a nosotros lo que se nos empieza a resentir son las rodillas y las uñas de los dedos gordos de los pies. Y aun queda mucho por delante…


A unos 15 minutos del pueblo hay unos baños termales, y aunque supone desviarnos un poco de la ruta, no podemos resistirnos, así que decidimos bajar a ver cómo están y a darnos un remojón. Justo al lado del río han hecho una piscina de piedra y una zona con unas duchas, todo bastante integrado con el paisaje, y por lo que serían al cambio 50 céntimos de euro nos estamos en remojo más de una hora.
Una vez más tenemos suerte y coincide que apenas hay gente, así que tenemos prácticamente la piscina para nosotros. Nuestras cansadas piernas y recocidos pies lo agradecen, aunque en los 30 minutos que nos cuesta volver a subir al pueblo ya estamos sudando como pollos  de nuevo.

Llegamos de nuevo al pueblo a las 14:20, pero por muy buena pinta que tiene el alojamiento, decidimos continuar para intentar llegar hoy a Landruk.

Bordeamos el pueblo de Jhinudanda y bajamos de nuevo hasta el nivel del río, que cruzamos por un puente que no tiene desperdicio, y que preferimos no imaginarnos en época de deshielo… 

Tras hacer las fotos de rigor y cruzar el río, ascendemos hasta el pueblo de New Bridge (1.340 m.), al que llegamos a las 15:30. Nos imaginamos de dónde le viene el nombre al pueblo, visto la vida útil que suponemos tendrá el puente por el que hemos cruzado.

Aun nos quedan horas de luz, así que tras una parada para reponer fuerzas y para engañar un poco al estómago, nos ponemos de nuevo en marcha.


Toca descender de nuevo hasta el nivel del río, que esta vez cruzamos por un impresionante puente colgante, de los más grandes que hemos visto durante la ruta, y desde luego el que más nos ha impresionado.

La fuerza de estos ríos en primavera tiene que ser algo digno de verse… ¡pero no desde muy cerca!


Comenzamos de nuevo a ascender, y a partir de aquí el paisaje comienza a cambiar, parece que caminamos en medio de una jungla que perfectamente podría estar en Camboya o Vietnam, o al menos eso nos imaginamos. La vegetación es exuberante, la intensa humedad, cascadas que caen de paredes totalmente verticales, el constante ruido de animales… En apenas dos días parecemos habernos trasladado a un país diferente, ¡qué lejos y a la vez que cerca quedan las grandiosas montañas nevadas!


Pasamos por el pueblo de Siuli (1.340 m.), que nos parece de una belleza sencilla y tranquila, con sus apenas cuatro casitas al lado del río, la cascada justo detrás… El tiempo parece haberse detenido aquí formando un remanso de paz en el que no nos importaría pasar dos o tres días disfrutando de la calma y de un buen libro.

Nos detenemos a hacer fotos pero seguimos adelante. La vista que nos ofrece el pueblo cuando comenzamos a ascender por un senderito estrecho a través de la jungla es encantadora.



La senda sube y baja levemente y discurre entre una espesa vegetación, hasta que nos terminamos dando de bruces con la última gran subida del día para llegar a Landruk, a 1.565 m.
El paisaje cambia de nuevo a medida que ascendemos, y el denso verdor de la jungla deja paso al verde más claro de las terrazas de arrozal, síntoma de que estamos cerrando el círculo que comenzamos hace hoy una semana.


La subida se hace dura por el gran desnivel acumulado de la jornada, y estamos ya bastante cansados, así que nos paramos a dormir en el primer lodge que se nos pone a tiro. Son las 16:50, el día ha sido largo y agotador, con continuas subidas y bajadas, así que nos merecemos una buena ducha, cena y cama.

Por suerte el alojamiento está bastante bien, así que contentos con la elección, nos damos una buena ducha (con arácnidos de tamaño más que respetable en el baño) y lavamos algo de ropa, que ya nos hace falta.


Los dueños del local son encantadores, sobre todo Romina, que nos enseña sus dotes en cuanto a la elaboración de una tortilla de patata que nos sabe a gloria, y hace sus pinitos con el castellano. Cenamos además unas pizzas y damos buena cuenta del último paquete de jamón serrano. Esto es lo que se llama una buena cena, vaya.